viernes, 21 de septiembre de 2007

El mito de la caverna de Platón


Patulo nos envía este mito, extraido de Wikipedia.
Gracias Patulo!!!

El mito de la caverna es una explicación alegórica, realizada por Platón en
el VII libro de La República, de la situación en que se encuentra el ser
humano respecto del conocimiento. Así Platón explica su teoría de la
existencia de dos mundos: el mundo sensible (conocido a través de los
sentidos) y el mundo de las ideas (solo alcanzable mediante la razón).

Platón describió en su mito de la caverna una gruta cavernosa, en la cual
permanecen desde el nacimiento unos hombres hechos prisioneros por cadenas
que les sujetan el cuello y las piernas, de forma que únicamente pueden
mirar hacia la pared del fondo de la caverna y no pueden escapar. Justo
detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo y, seguidamente y por
orden de lejanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la
cueva que da al mundo, a la naturaleza. Por el pasillo del muro circulan
hombres cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan
en la pared que los prisioneros pueden ver.

En este mito, el ser humano sería identificado con los prisioneros. Las
sombras de los hombres y de las cosas que se proyectan, son las apariencias,
es decir, lo que captamos a través de los sentidos y pensamos que es real
(mundo sensible). Las cosas naturales, el mundo que está fuera de la caverna
y que los prisioneros no ven, sería el mundo de las ideas, en el cual, la
máxima idea, la Idea del Bien , es el sol. Uno de los prisioneros logra
liberarse de sus ataduras y consigue salir de la caverna conociendo así el
mundo real. Es este prisionero ya liberado el que deberá guiar a los demás
hacia el mundo real, es el símbolo del filósofo.

La situación en la que se encuentran los prisioneros de la caverna viene a
representar el estado en el que permanecen los seres humanos ajenos al
conocimiento, únicamente aquellos capaces de superar el dolor que supondría
liberarse de las cadenas, volver a mover sus entumecidos músculos podrán
contemplar el mundo de las ideas con sus infrautilizados ojos.

Este tipo de alegoría, en la que pone de manifiesto como los humanos podemos
engañarnos a nosotros mismos o forzados por poderes fácticos, es repetida
durante la historia por muchos filósofos u otros autores, como Calderón de
la Barca con La vida es sueño. Ejemplos más modernos pueden ser el libro Un
mundo feliz (Huxley, 1932) o la película Matrix (especialmente la primera).

Podríamos afirmar que en el extraño y bello mito de la caverna se concentra
lo más profundo de todo su pensamiento. El mito, haciendo uso de imágenes
dotadas de una gran fuerza descriptiva, muestra pluralidad de aspectos de su
pensamiento: la visión de la naturaleza humana, la teoría de las ideas, el
doloroso proceso mediante el cual los humanos llegamos al conocimiento, etc.
El mito, lleno de sublimes metáforas y abierto a pluralidad de
interpretaciones, es fuente permanente de inspiración para los artistas y
para los pensadores en general.


En el mito, Platón relata la existencia de unos hombres cautivos desde su
nacimiento en el interior de una oscura caverna. Prisioneros de las sombras
oscuras propias de los habitáculos subterráneos; además, atados de piernas y
cuello, de manera que tienen que mirar siempre adelante debido a las cadenas
sin poder nunca girar la cabeza. La luz que ilumina el antro emana de un
fuego encendido detrás de ellos, elevado y distante.

Llegados aquí, Platón, por boca de Sócrates, nos dice que imaginemos entre
el fuego y los encadenados un camino elevado a lo largo del cual se ha
construido un muro, por este camino pasan unos hombres que llevan todo tipo
de figuras que los sobrepasan, unas con forma humana y otras con forma de
animal; estos caminantes que transportan estatuas a veces hablan y a veces
callan. Los cautivos, con las cabezas inmóviles, no han visto nada más que
las sombras proyectadas por el fuego al fondo de la caverna -como una
pantalla de cine en la cual transitan sombras chinas- y llegan a creer,
faltos de una educación diferente, que aquello que ven no son sombras, sino
objetos reales, la misma realidad.


En éstas, Glaucón, el interlocutor de Sócrates, afirma que está
absolutamente convencido que los encadenados no pueden considerar otra cosa
verdadera que las sombras de los objetos. Debido a la obnubilación de los
sentidos y la ofuscación mental se hallan condenados en tomar por verdaderas
todas y cada una de las cosas falsas. Una vez Sócrates ha comprobado que
Glaucón ha comprendido la situación, le explica que si uno de estos cautivos
fuese liberado y saliese al mundo exterior tendría graves dificultades en
adaptarse a la luz deslumbradora del sol; de entrada, por no quedar cegado,
buscaría las sombras y las cosas reflejadas a el agua; más adelante y de
manera gradual se acostumbraría a mirar los objetos mismos y, finalmente,
descubriría toda la belleza del cosmos. Asombrado, se daría cuenta de que
puede contemplar con nitidez las cosas, apreciarlas con toda la riqueza
polícroma y en el esplendor de sus figuras.

No acaba aquí el mito, sino que Sócrates hace entrar de nuevo el prisionero
al interior de la caverna para que dé la buena noticia a aquella gente
prisionera de la oscuridad y esclavizada, haciéndoles partícipes del gran
descubrimiento que acaba de hacer, a la vez que debe procurar convencerles
de que viven en un engaño, en la más abrumadora falsedad. Infructuoso
intento, aquellos pobres enajenados desde la infancia le toman por un loco y
se ríen de él. Incluso, afirma Sócrates, que si alguien intentase desatarlos
y hacerlos subir por la empinada ascensión hacia la entrada de la caverna,
si pudiesen prenderlo con sus propias manos y matarlo, le matarían; así son
los prisioneros: ignorantes, incultos y violentos.

jueves, 20 de septiembre de 2007

El fantasma de Felicitas


En el barrio de Barracas, Ciudad de Buenos Aires, los vecinos dicen que el fantasma benévolo de la bella Felicitas Guerrero —asesinada en 1872 por un amante rechazado— acostumbra aparecer sobre las torres góticas de la iglesia, ubicada en Pinzón 1480. También dicen que "se siente" su presencia en el interior del templo. Algunos hacen ofrendas y aseguran que quien toca las rejas del atrio de la iglesia, recuperará el amor que perdió. Pero hay más. En 1981 la iglesia construída por los padres de Felicitas fue donada al municipio. Al iniciarse la restauración del templo, estaban caídas simétricamente las cinco alas derechas de los ángeles de mampostería que hay a la entrada. Cuando el arquitecto restaurador Roberto Devincenzi talló las alas siguiendo la escala original y las colocó, sonaron inexplicablemente las pesadas campanas...

miércoles, 19 de septiembre de 2007

La torre del reloj


La leyenda cuenta que en Praga, en el año 1410 el relojero real magistral Mikulas de Kadano, junto con Jan Sindel, el profesor de matemáticas y astronomía de la Universidad de Charles, disenó un reloj.

El reloj se puso en la torre del Old Square (Plaza Vieja).

El relojero magistral Hanus lo terminó en 1490. Una leyenda acerca del reloj se propagó por Praga: Hanus se cegó y no era capaz de hacer otro reloj en ningún otro lugar, y por esto Hanus se vengó danando el mecanismo del reloj...

También, los pragüenses cuentan que, en el año 1987, se rompió el hilo metálico que regula el movimiento de los apóstoles. Estos desfilaban sin cesar y la figura de la Muerte tiraba ininterrumpidamente de la cuerda de la campanilla. El relojero fue llamado a toda prisa para arreglar este desbarajuste. La gente se reía y comentaba que el toque a difuntos de la figura de la Muerte era para los comunistas, que en esos días estaban celebrando un congreso. Dos años después cayó el régimen, para nunca más volver.

martes, 18 de septiembre de 2007

Un cuento chino (historia popular de China)


Érase una vez una pobre mujer y su hijo que vivían en una pequeña aldea. Todos los días se levantaban antes del amanecer para recoger leña en el bosque. Luego el niño la llevaba al mercado para venderla como combustible en cocinas y chimeneas. Con el dinero que obtenía compraba las cosas que necesitaban: aceite, huevos y arroz, y luego regresaba a casa.

Un día, cuando estaba en el mercado esperando pacientemente a que la gente le comprara su leña, de repente vio un pequeño monedero que seguramente se le había caído a alguien. No sabía que hacer con él, así que corrió a su casa para enseñárselo a su madre.

“Madre, mira lo que he encontrado”, dijo el niño.
Abrieron el monedero y contaron 15 monedas de oro.

“La persona que lo perdió debe estar preocupada. Tienes que volver al mercado y encontrar a la persona que lo perdió. Puede ser una persona tan pobre como nosotros que tenía pensado usar el dinero para arroz y aceite. Tú simplemente tienes que permanecer en el mismo lugar donde encontraste el monedero, y seguramente que la persona que lo perdió vuelve a buscarlo allí. El conservar las monedas me hace sentir muy mal, o sea, que apresúrate y encuentra al propietario”

Así que, tal como deseaba la madre, el chico volvió al mercado para encontrar al propietario. Poco tiempo después se dio cuenta de que un comerciante miraba para todos los lados como si hubiera perdido algo.

“¿Señor, ha perdido usted algo? Le preguntó el chico.

“Sí, he perdido un monedero. Debe habérseme caído en alguna parte”

“¿Es este el monedero, señor? Preguntó el niño al comerciante.

“¡Oh, sí! Exclamó el hombre, e inmediatamente comenzó a contar las monedas que había dentro.

“1, 2, 3, …¡15! ¡Sólo hay 15! Tenía 30 monedas en el monedero. Tú te has quedado con 15. ¿Cómo te atreves a robar mi dinero?”

“Yo soy honesto, señor, se lo aseguro, había solamente 15 monedas en el monedero”, lloraba el niño.

Comenzaron a discutir, y poco después una gran multitud de gente se reunió allí para ver lo que pasaba. La discusión empeoró, cada uno acusando al otro de no ser honesto. La gente que se arremolinaba alrededor les decía que fueran a ver al juez para terminar con la disputa, así que, al final, una larga hilera de gente se encaminó hacia la oficina del juez.

“¿Cuántas monedas había en el monedero?” Preguntó el juez al chico.

“Quince, señor”

“¿Y contaste tú solo las monedas?

“No, señor, mi madre también estaba allí, y las contamos juntos”, explicó el chico.

Al oír esto, el juez mandó a llamar a la madre y le preguntó lo mismo.

Ella contestó con honestidad que había quince monedas en el monedero.

“Le dije a mi hijo que volviera al mercado inmediatamente para intentar encontrar al propietario”

El juez echó una larga mirada a la mujer y a su hijo, y luego le preguntó al comerciante:

“¿Cuánto dinero has perdido?”

“Perdí 30 monedas de oro. Este chico me ha robado 15 monedas. Exijo que me las devuelva inmediatamente.”

El juez echó una larga mirada al comerciante también y consideró qué sería lo más justo. Después de un rato, una ligera sonrisa apareció en su rostro y declaró:

“Como insistes en que has perdido un monedero con 30 monedas de oro, este monedero no puede ser el tuyo, por lo tanto no lo podrás reclamar”.

Mirando al chico, dijo:

“Dado que tú encontraste el monedero y nadie con derecho a él lo ha reclamado, puedes quedarte con el dinero para comprar las cosas que tu madre y tú necesitéis. Caso cerrado”

Todas las personas en la sala, excepto el comerciante, se sintieron satisfechos, y creyeron que había sido la mejor decisión”.

lunes, 17 de septiembre de 2007

El mito de Gardel


El mito de Gardel comienza en el momento que se incendia el avión. Petit de Murat lo expresa de la siguiente manera "La muerte, al fijarlo inamoviblemente en una imagen sonriente, feliz, entradora, clara, varonil, porteña, de una juventud arrasadora, sellaba un destino que explican sus fotografías (en los taxis de México, en los tabucos de Panamá, en los bares de Tucumán o Lima) o los afiches de sus películas siempre repetidas desde Santiago de Cuba a Tacuarembó: estaba en el pueblo y ahí se quedó. Chas de Cruz, por su parte, agrega: "Como periodista visité varias cárceles. En la débil pared interior de los roperos, en las inhóspitas celdas vi fotografías de la madre, de la esposa, o de los hijos de los penados...y un retrato con la ancha sonrisa del cantor desaparecido dice de una devoción que se perpetúa.

La vi en Villa Devoto, en la desaparecida cárcel de la calle Las Heras. En el penal de Sierra Chica. En la ciudad de Paraná y en la de la urbe cisplatina. Y la vi también en los cuarteles, en los barcos argentinos y uruguayos. Es el mito de Gardel que ayuda a vivir" (Chas de Cruz, 1966).

En su tumba de Chacarita, los homenajes se expresan en placas recordatorias, flores y cigarrillos encendidos. ¿En qué momento y por qué "Carlitos" adquiere poderes? La primera placa de agradecimiento por "favores recibidos" es de 1979. En la década siguiente los agradecimientos se multiplican. El fenómeno continua hasta hoy, y de las 276 placas colocadas en su tumba, 133 son específicamente de agradecimiento y el resto recordatorias de personas y entidades nacionales y extranjeras. Los agradecimientos son por motivos diversos: amor, salud trabajo, casa y guía espiritual.

La historia del dìa... Querés casarte con Barbazul?


Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.

Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había pasado con esas mujeres.

Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.

Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.

-He aquí -le dijo- las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohíbo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.

Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.

Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.

De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.

Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.

Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).

Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.

Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.

Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.

Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.

-¿Y por qué -le dijo- la llave del gabinete no está con las demás?

-Tengo que haberla dejado -contestó ella- allá arriba sobre mi mesa.

-No dejéis de dármela muy pronto -dijo Barba Azul.

Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.

Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:

-¿Por qué hay sangre en esta llave?

-No lo sé -respondió la pobre mujer- pálida corno una muerta.

-No lo sabéis -repuso Barba Azul- pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.

Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.

-Hay que morir, señora -le dijo- y de inmediato.

-Puesto que voy a morir -respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas-, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.

-Os doy medio cuarto de hora -replicó Barba Azul-, y ni un momento más.

Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:

-Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.

La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto:

-Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

Y la hermana respondía:

-No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.

Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:

-Baja pronto o subiré hasta allá.

-Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

Y la hermana Ana respondía:

-No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.

-Baja ya -gritaba Barba Azul- o yo subiré.

-Voy en seguida -le respondía su mujer; y luego suplicaba-: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

-Veo -respondió la hermana Ana- una gran polvareda que viene de este lado.

-¿Son mis hermanos?

-¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.

-¿No piensas bajar? -gritaba Barba Azul.

-En un momento más -respondía su mujer; y en seguida clamaba-: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

-Veo -respondió ella- a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! -exclamó un instante después-, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.

-Es inútil -dijo Barba Azul- hay que morir.

Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.

-No, no, -dijo él- encomiéndate a Dios-; y alzando su brazo...

En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.

Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.

Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.



Moraleja

La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.

Otra moraleja

Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.